CAMBIO A MI MADRE POR UN CAMELLO. MEJOR VER

Nuestra dosis diaria de aventura marroquí

Rabat, primera parte

¿ Cuando salí de Salé dejé enterrado mi corazón.

CHAOUEN

¿El lugar donde todos los días las cicatrices se marchitan.

Franco, ese hombre

¿ Españoles, el secreto mejor guardado de Chefchaouen.

Morgan, puedo yo foto with you?

¿En cada bazar hay una sorpresa a la vuelta de la esquina...

Ouarzazate, cámara... acción

¿Visita a la meca del cine en África.

Gofio bereber

¿"El sahariano", sabor canario en un zoco de Agadir.

Fez, ciudad imperial y acongojante

¿Recorremos la medina de las nueve mil calles entre cabezas sangrantes de camellos, vendedores ambulantes y, glubs, navajeros por doquier.

Los huevos sobre la mesa

¿El día que Guille miccionó... en la recepción de un hotel.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Aquí los mininos son lo maximino

Gatos y gatos. Los marroquíes, y los musulmanes en general, tienen predilección por los mininos, a los que otorgan un carácter sagrado, y éstos están muy presentes en sus vidas. Hay gatos en las mezquitas, en los palacios, en los cementerios... y hasta en la sopa.


Parece que el Profeta tenía una gatita llamada Muezza que se quedó dormida sobre la manga de su túnica antes de que él saliera. Entonces, para no interrumpir su descanso, cortó la tela y abandonó la habitación muy despacio, con extremo cuidado y volviendo la vista hacia atrás enternecido. Al volver, Muezza lo recibió con mimo, arqueando su lomo, y Mahoma entonces le otorgó a todos los gatos la gracia de caer de pie y de entrar en el paraíso.
Por el contrario, ni un solo perro hemos visto pasear sus huesos en lontananza, cuenta algún marroquí que espantan a los ángeles... aunque bien puede ser que uno mordiera a Mahoma, o que le pegara algunas pulgas... lo cierto es que no son bien aceptados por los musulmanes, hasta tal punto si alguno les roza la chilaba, tienen que cambiársela de inmediato porque estaría "impura". ¿Sabías eso? Pues ya sí.






miércoles, 25 de septiembre de 2013

Berebera

Mucho podríamos decir de lo que está siendo nuestro viaje a Marruecos. Mucho que sin embargo será siempre poco en comparación con lo que vivimos, vemos y olemos (los que tenemos ese sentido vigente) cada minuto que pasamos aquí. 

No podemos transmitir la especial sensación del paso del tiempo, la de escuchar la llamada a la oración al amanecer (nosotros también decimos una oración cada vez que la oímos, a eso las seis de la mañana, y empieza por mecagoen...!), o la mirada que se clava detrás de un velo, o el subidón después de un buen regateo, y tampoco podemos transmitir, es imposible, la sensación de miedo, estupor y frustración que sentimos la primera vez que se perdió (sí, otra vez) Quina.

Fue el segundo día por la tarde. Un despiste haciendo las fotos, el ruido del alrededor, el barullo interminable de la plaza, te das la vuelta un momento... y Quina había desaparecido, como engullida entre la multitud. Quizás para siempre.

Después del impacto, empezamos a buscarla alrededor de cada zócalo, gritamos su nombre hasta quedar afónicos, rastreamos decenas de bazares, interrogamos a las paredes, y también a sus amigos los zapateros remendones, increpamos a inútiles policías... Nada. 

No se puede, no, transmitir la sensación de derrota de una pérdida. Ni la confusión del momento en que, a lo lejos, entre una multitud jaleante, en medio de la plaza, la encontramos... ¿herida? ¿perdida? ¿desorientada?... ¿asustada quizás? Nooooo...
Se había integrado en un grupo de músicos bereberes que, por alguna extraña razón, la llamaban Fátima y creían que ella también venía de los altos africanos. E intentaba darnos esquinazo.
Como es imposible transmitir la sensación, dejamos las imágenes para el recuerdo.





Perdidos en Majorelle



El Jardín Majorelle es un punto y aparte, uno más de los muchos puntos y aparte, con los que uno se embelesa en Marrakech.


Lugar increíblemente bello, el artista expatriado francés Jacques Majorelle, allá por 1924, diseñó y enriqueció este espacio con especies procedentes de los cinco continentes: 1.800 variedades de cactus, flores tropicales, plataneras, bambúes, plantas acuáticas, hongos gigantes y 400 variedades de palmeras.

Más tarde, en 1980, Yves Saint-Laurent y su amigo Pierre Bergé lo adquirieron y restauraron.

Hoy, a quien lo visita se le queda grabada en la retina su luz, belleza, colores estridentes, naturaleza desbordante y la paz infinita que desprende. A nosotros también.







martes, 24 de septiembre de 2013

Très Jolie!


Segundo día. Después del primer rezo, y de la dosis diaria de chispas de algunas en el desayuno del riad, llegó uno de los momentos más esperados del viaje: tocaba admirar, tour contratado por internet mediante, las maravillas de La Medina.
Así que, con el canto de los pájaros de fondo mezclado con el desgañite del muecín, nos pusimos los zapatos de fardar (o sea, los incómodos) y nos unimos a un bostezante grupito de españoles que había tenido la misma genial idea.
Mohamed era el nombre de nuestro guía: un musulmán en contra de los tangas y a favor del concubinato, la burka y de educar a los zurdos con la mano izquierda atada a la espalda. Por lo menos, coherente. Y con un conocimiento abrumador de Marrakech, su cultura y su religión. Una cosa no quita la otra.

Empezamos por la Plaza de Jamaa el Fna y, mientras todos escuchábamos atentos las explicaciones de aquel hombre, solo Guille parecía verlas venir.
La mañana avanzaba, y Quina también. Hacia Mohamed.

Dio unos pasos en la dirección apropiada... 
...y terminó dando un golpe de guiato.
Con Quina a las riendas, la visita guiada avanzó hacia la Mezquita Koutoubia y, ante las preguntas de los anonadados turistas, siempre respondía con viveza: très jolie. Ante una duda sobre el año de construcción de un palacio: très jolie. A las preguntas sobre las abluciones musulmanas: très jolie. Si alguien tenía un apretón: très jolie. Y todos boquiabiertos.
El tour siguió.
Mohamed sudó la gota gorda. Quina se convirtió en asesora de asuntos islámicos, forjó monólogos, se remangó...
...y, antes de llegar a las Tumbas Saadíes, el grupito de españoles seguía bostezando, pero ya sabia al dedillo los paralelismos entre la cultura bereber y la canaria.
Terminamos la mañana viendo el Palacio Bahía, la Medersa ben Youssef y los Zocos. Arte en cada rincón, vendedores a porrillo, contradicciones y fascinaciones, mujeres que observan sin ser observadas, burros transportadores, cerámica, especias, cuero, alhajas, lámparas, ciclistas temerarias, telas, colores, olores... hasta una agencia inmobiliaria nos encontramos de camino.









Finalmente, Quina mandó a Mohamed a que escribiera cien veces: "Nunca volveré a ser tan machista". Mirando a la Meca.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Una de Quina y otra de harina

¿Y si no me apetece pasar el control de pasaportes? Fue lo primero que dijo Quina, poniendo los puntos sobre las íes, al tiempo que poniendo los pies en Marrakech.
Un soborno a tiempo, y la perspectiva de un mundo entero más allá de Juan Gopar, evitaron que el rey Juan Carlos tuviera que volver al país para pedir nuevos indultos.
Y Quina, después de perder la cartera, decidió darse un capricho.


Cena a seis manos y cero tenedores

Después de cambiar dinero, y soltar las maletas, mochilas, guías y, qué desgracia, apuntes en nuestro riad, que tiene una palmera que lo atraviesa como una lanza, nos fuimos a comer a un sitio exclusivo. No, no un sitio pijo, sino EXCLUSIVO: el puesto 14 de la Plaza de Yamaa el Fna (en árabe: جامع الفناء ŷâmiʻ al-fanâʼ, en francés: Jemaa el-Fna, palabra de Wikipedia). Ni cubiertos, ni servilletas, ni vasos. Todo a mano, como antaño, y con la mano derecha, que la izquierda aquí se usa para otros menesteres. Luego, a cerrar las tiendas del zoco: Mañana volvemos.

Regateo a la inversa

Llegó el momento bazar, y fue más o menos así:

Quina: Mi niño, ¿cuánto vale esto?
Vendedor: Cien dirham señora.
Quina: Qué barato. Yo por menos de doscientos no me lo llevo.
Vendedor: Señora, ¿tú vacilando a mí?
Quina: No mi niño, pero si te pones impertinente te cruzo la cara.
Vendedor: Te lo dejo en cincuenta porque mí tiene miedo de ti.
Quina: A ese precio no lo quiero.
Vendedor: Sabbor um-muk!!
Quina: Tu madre, por si acaso.

La compra del día: 10 dirhams cada uno


Entre el cielo y la tierra: nuestro riad

Uno a uno

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