CAMBIO A MI MADRE POR UN CAMELLO. MEJOR VER

Nuestra dosis diaria de aventura marroquí

Rabat, primera parte

¿ Cuando salí de Salé dejé enterrado mi corazón.

CHAOUEN

¿El lugar donde todos los días las cicatrices se marchitan.

Franco, ese hombre

¿ Españoles, el secreto mejor guardado de Chefchaouen.

Morgan, puedo yo foto with you?

¿En cada bazar hay una sorpresa a la vuelta de la esquina...

Ouarzazate, cámara... acción

¿Visita a la meca del cine en África.

Gofio bereber

¿"El sahariano", sabor canario en un zoco de Agadir.

Fez, ciudad imperial y acongojante

¿Recorremos la medina de las nueve mil calles entre cabezas sangrantes de camellos, vendedores ambulantes y, glubs, navajeros por doquier.

Los huevos sobre la mesa

¿El día que Guille miccionó... en la recepción de un hotel.

sábado, 5 de abril de 2014

Karma chicha

Los últimos días en Bombay nos entregamos a la contemplación y mucho más. A jugar al cricket en el parque Oval Maidan,
ver la puesta de sol en el mar de Arabia
o hacer fotos a todo lo que nos llamaba la atención, que era todo...
los escalofriantes estampados-moqueta que recubren paredes, techos y suelos de los taxis...
El centelleo del nuevo mundo...
Las manifestaciones de afecto entre hombres, las únicas bien vistas en público...
Las calesas horteras y los vendedores de globos gigantes que se ponen en la Puerta de la India...
Otra cosa que hicimos fue volver al cine (y comprobamos lo mucho que está cambiando la India porque los actores ¡ya se besan!) y NO visitar la sinagoga azul Keneseth Eliyahoo, custodiada por tanques. No nos dejaron pasar porque, aparte de que Guille hizo su típica broma de la bomba en la mochila, para entrar es requisito tener (y enseñar) pasaporte y no lo llevábamos encima. Ni que aquello fuera Jerusalén.
Aunque pasear entre cuervos tiene su aquél, cuando le estábamos cogiendo el punto llegó el sábado y ya nos tocaba cambiar de ciudad. Aurangabad fue el destino elegido. Ni nosotros mismos sabemos muy bien por qué. Como esta semana empiezan las vacaciones escolares, no hay plazas de tren para ningún otro sitio.
La alegría de las vacaciones por delante.
En la estación éramos los únicos occidentales, así que nos sentamos en plan tímido en un bordillo, como tantas veces, y a los dos minutos estábamos rodeados de diez o doce indios (o eso parecían) preguntándonos cualquier cosa. Ser el centro de atención para los desconocidos nos encanta porque puedes hacerte el especial sin que nadie sospeche lo pringado que, en realidad, has sido toda tu vida. 
Lulú, c'est moi?
Por eso, cada vez que nos piden fotos, sonrisas o meten el bigotillo en nuestras mochilas para cotillear qué llevamos dentro nos sentimos las personas más felices del mundo.
En esta ocasión repartimos encanto a quien lo quiso recibir y, lo que es el karma, en el grupito de cotillas había un señor sonriente que se empeñó más que los demás en hablar con nosotros, en contarnos sus viajes, en preguntarnos por los nuestros, en aconsejarnos y, especialmente, en darnos su tarjeta que, por los nervios, no encontraba. 
Quedaban dos minutos para que arrancara el tren y le intentamos explicar que en tema de trenes tenemos mala suerte y él, erre que erre,  que tarjeta para arriba y para abajo, venga a revolver, sacó hasta unos calcetines del maletín buscándola.
Después de ver los calcetines, enganchamos las mochilas y pusimos cara de adiós. Namasté, namasté, dijimos, subiendo al tren, pero el tío, que no se rendía, echó a correr detrás y nos encasquetó in extremis el cacho de papel con sus datos.
Allí estaba, en Calibri, negrita y cursiva, incontestable e increíble: Ynayat H. Sheikh, DIRECTOR IN BOLLYWOOD ENTERTAINMENT'S. A decir verdad solo entendemos las palabras "director" y "Bollywood" ¡pero no nos hace falta más! Volvemos a Bombay en cuatro semanas y ya estamos ensayando. Chúpate ésa, destino.


jueves, 3 de abril de 2014

La leche de las vacas es siempre blanca

¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Asiaelnirvana? Las preguntas sobre la vida, los deseos, las aspiraciones, las dudas, la búsqueda, en fin, nos llevó, un día cualquiera, a un templo jainista de Bombay. 
Babu Amichand Panalal Adishwarji está en una calle corriente y, a simple vista, es pequeño y discreto, si lo comparamos con el jolgorio tamañístico que en sus templos suelen estilar todas las religiones. 
Pero, a medida que te adentras, los detalles se imponen, cautivan, y quieres saber más, o todo, sobre qué hacen ahí esos peces, elefantes, santones, figuras del zodiaco, esas señoras calvas vestidas de blanco o esos fieles desnudos arrojándose al suelo. 

Entonces miras mejor y ves que no hay que ser jainista para entender que es la condición humana, nuestros anhelos y aflicciones lo que tenemos delante. Es la mística en acción, matando demonios interiores.
Pero seguíamos queriendo saber más, hipnotizados por los símbolos, abducidos por el encantamiento. No encontramos las respuestas en el cielo, sino en internet.
Los jainistas son los seguidores de los Jinas. 'Jina' significa literalmente 'Conquistador'. Aquél que ha conquistado el amor y el odio, el placer y el dolor, el apego y la aversión, y ha liberado de ese modo el alma de los karmas que oscurecen el conocimiento, la percepción, la verdad y la capacidad, es un Jina. Los jainistas no tienen dioses, sino jinas, que enseñan a reducir vicios.
Su fundador (unas décadas antes de la iluminación de Buda) fue un sabio llamado Mahāvīra. Vivió en la India entre los siglos VI y V antes de Cristo y, según algunas fuentes, lo que hizo realmente fue refundar el Jainismo, basándose en las enseñanzas de los Jinas. Todos los Jinas habrían nacido en familias nobles, pero renunciaron a sus posesiones y alcanzaron la iluminación. Según esta tradición hubo 24 jinas y Mahāvīra fue el último. Lleva miles de años muerto, pero sus enseñanzas siguen vivas y coleando en el catálogo espiritual de la India. 
Las dos principales corrientes del jainismo son Swetambara o ‘vestidos de blanco’ y Digambara o ‘vestidos del cielo’. Los Digambara van desnudos, ya que practican el no apego al cuerpo. Comen una sola vez al día, de pie y sin recipiente. Y no, no les hicimos fotos.
Para ellos el universo no fue creado por un Dios o ser supremo. Es independiente y autosuficiente y no requiere ningún poder superior para gobernarlo.
Creen que todo ser posee un alma, desde el agua y las piedras, a los mamíferos y los peluches. Todos los seres reflejan el universo y son sagrados y dignos de respeto: humanos, animales, y organismos vivientes microscópicos, aunque de los humanos, por tener pensamiento, se espera que actúen con mayor responsabilidad. 
La no violencia (en la que se inspiraron almas grandes como Gandhi) y la compasión por toda vida, ya sea humana o no humana, es central en el jainismo. La vida humana se valora como una oportunidad única y rara para alcanzar la iluminación. Son, claro, vegetarianos.
Jainismo y budismo tienen mucho en común, ya que esta ascética fe tuvo gran influencia en Buda. Sin embargo, Mahāvīra enseñó que cualquier acto, intencional o no, crea karma, mientras que para Buda solo las acciones intencionadas tienen efecto kármico. A partir de esta diferencia cada una tuvo sus adeptos.

Durante varios siglos compitieron entre sí por la supremacía, pero con el tiempo el budismo ganó. A pesar de todo, las dos religiones son muy tolerantes. Uno de los más famosos textos jainistas dice: "Las vacas son de diferentes formas y colores, pero la leche que dan es siempre blanca".
En el jainismo, el símbolo de la esvástica delimita a su séptimo santo y los cuatro puntos recuerdan al adorador los cuatro posibles lugares de nacimiento: el mundo animal o de las plantas, el infierno, la Tierra, o el mundo de los espíritus.
Terminada la visita, nos pusimos las cholas y a casa.

miércoles, 2 de abril de 2014

Plan B

Para el segundo día en Bombay teníamos dos planes: A y B.
Plan B: (insistir en) trabajar en Bollywood.
Plan A: ir al origen del mundo.
Intentamos primero el plan B, B de Bollywood. Cruzamos la Puerta de la India (otra vez) para ojear a posibles ojeadores. Nos adentramos al tanteo en el mar de callejuelas de Colaba (otra vez), el barrio de aire bohemio y mochileril que tiene toda ciudad. Y otra vez merodeamos por el hotel Taj Mahal, sin saber muy bien por qué. Nada.

Luego fuimos al albergue del Ejército de Salvación y pedimos habitación, aunque ya teníamos hotel, porque de allí nos dijeron que sacan a algún que otro extra rubiales. Estaba lleno. No se nos ocurría qué más podíamos hacer.

Posponiendo, que no olvidando, el plan B, optamos por el plan A: ir hasta el lugar donde empezó el mundo. Fue fácil. Se lo pedimos a un taxista que nos dejó al borde de una escalinata que se perdía entre unas casitas, por no decir chabolitas, por donde teníamos que bajar hasta que se terminaran los escalones. Aquello parece el extrarradio de Bombay pero, en realidad, es el centro de la ciudad. 
Jolgoriosos, zigzagueamos al ritmo de las escalinatas, esquivamos cabras y nos abrimos paso entre sudor del flequillo para llegar hasta el final, al principio de todo, a Banganga Tank.
Este lugar es sagrado y muy agradable, pero es más que eso. Es auténtico, por poco auténtica que suene su historia: Rama, el héroe de la épica Ramayana, y su hermano Lakshman se pararon a descansar en ese sitio, mientras buscaban a la esposa secuestrada del primero, Sita. Entonces a Rama le entró sed y su hermano disparó una flecha (baan) al suelo desde donde manó un chorro de agua dulce procedente del Ganges (Ganga), que estaba, entonces como ahora, a más de mil kilómetros de distancia. Y de ese manantial surgió, de paso, el mundo. La estaca en el centro del estanque marca el punto donde se clavó la flecha de Lakshman.
El estanque, epítome de las contradicciones de la India, es paz, frescor y silencio en medio del caos, calor y ruido. A su alrededor, templos centenarios y modernos rascacielos. 
Y es también donde se incineran y sumergen los muertos según la tradición hindú. Además, la población local utiliza estas aguas turbias y sagradas para sus tareas diarias, como bañarse y lavar la ropa.


Niños en remojo, patos, palomas, abuelas, bicicletas, magia... Estuvimos en uno de esos sitios que te devuelven a la infancia y te revelan que, en algún lugar de la memoria, todo sigue intacto.
















martes, 1 de abril de 2014

Felicidades

Querido hermano, muchas felicidades. Para que luego no digas que te discriminamos en las fotos de familia por ser gitano. ¡Besos lolailos!

Nirvanapensamiento: Enano, por más que cumplas años, siempre serás el Enano.

Bombay ven a mis brazos

Panorámica de Bombay.
Bombay nos recibió con los brazos abiertos y nosotros correspondimos, felices, como niños con falta de afecto.

Es verdad que el tráfico es pesadillesco, la marea humana te arroya por las calles y los cuervos posados por las aristas de toda la ciudad hacen inquietante cualquier caminata.
Cuervos posados en la verja que rodea el Tribunal de Justicia.
Por no hablar del ruido. 
La señal de tráfico más ignorada de Bombay.
Pero nos movemos por la ilusión y nuestra ilusión aquí tiene nombre: Bollywood.
Que sí, que los templos, las cuevas, la comida, los mercadillos y las puestas de sol merecen la pena hasta el último minuto de vida que nos está quitando la contaminación de este lugar. Pero actuar en Bollywood es el motivo que secretamente nos ha arrastrado a Bombay. 
Somos devotos, groupies de atar, desde la primera vez que fuimos a un cine indio, hace un año y medio, en Jaipur. Como nos cuesta aprendernos los nombres de los actores, los bautizamos a nuestra manera: Sari Carbonero, Narigudo, Malote, Chakira, Esteso, Polbalchán…

2012: primera incursión en el cine indio, en plan celebs
Por eso, nuestro primer día nos vestimos como para no pasar desapercibidos y partimos, tempranito, hacia la Puerta de la India, donde decía la guía que los ojeadores buscaban a extras occidentales. Paseamos con y sin rumbo, y hasta entramos al lujosísimo hotel Taj Mahal (custodiado por tanques desde que una bomba explotara en sus instalaciones, en 2008, dejando un reguero de muertos).
El hotel Taj Mahal se asoma al Mar de Arabia desde Bombay.
Nada ni nadie nos hizo caso, aparte de uno que nos encasquetó unos globos gigantes por 30 rupias.
Al fondo, la Puerta de la India.
Seguimos hacia el mar de Arabia y vimos un barco tan destartalado que no sabíamos si se estaba hundiendo o saliendo a flote. Saltamos. 
Pasó una hora y llegamos a una isla llamada Elefanta, aunque ahí los animales protagonistas son los monos.
En la entrada había un cartel que decía que era Patrimonio Mundial de la India y, en seguida, un grupito de señoras nos explicó que que estábamos a punto de visitar unas cuevas budistas e hinduistas que se remontan a los siglos tercero o quinto, y cuando levantamos la mirada agradecimos a los dioses estar en ese momento en aquel lugar bellísimo.
Y cuando pensábamos que la mañana no iba a dar mucho de sí, alucinamos. Con las cuevas y con las historias de las que se nutren. En la principal hay un templo hindú con forma de mandala, tallado en una sola roca de basalto, que representa el Monte Kailash, la residencia de montaña del dios Shiva. 

Todas las paredes tienen grandes esculturas de esta deidad, cada una de más de 5 metros de altura. Como la de las tres cabezas de este dios, en sus estados de ánimo destructor, creador y preservador: la Trimurti ('tres-formas', la Trinidad hinduista).
Guille como parte de un experimento para la creación del Cuatrimurti.
Otras esculturas muestran a Shiva aplastando al demonio, permitiendo que Ganga (el río Ganges) fluya a través de su pelo o como la encarnación de la energía cósmica, bailando al son de unos tambores. O en su matrimonio con Parvati.
Estudiando para la oposición con Shiva y Parvati como testigos.
Abajo, Shiva en su aspecto de Ardhanari, dios que reúne ambos sexos en un solo cuerpo. 
No soy un hombre ni una mujer solo soy una persona.
En esta otra imagen, Shiva está sentado en padmasana (postura yóguica con piernas cruzadas) sobre un loto, de penitencia en los Himalayas después de la muerte de su primera esposa Sati, que más tarde renació como Parvati. 
También vimos un enorme lingam (símbolo fálico hindú de Shiva, que representa la energía masculina) que aquí es muy sagrado y a nosotros nos da risita.
Guille en modo Vipasana.
Lingam con ofrendas florales alrededor.
Antes de irnos, aprendimos que, si las miras a los ojos y llevas gorra, las vacas se ponen a la defensiva y te embisten. En serio.
Él no lo sabe, pero está a punto de ser embestido.
El ascensor tragapersonas del hotel.
En el hotel, el ascensor estaba en obras y, al vernos cara de agotados, nos dieron internet gratis para compensar, así que nos sentamos a ver el correo y la página de Telecinco en la recepción, donde conocimos a una pareja de argentinos que se pusieron muy pesados con que fuéramos, como ellos, a un ashram en una ciudad llamada Putaparthi… ¿perdona? Putaparthi. Decidimos que a una actividad espiritual no le corresponde un emplazamiento con nombre tan mundano y rechazamos la oferta. Además, seguimos empeñados en lo de Bollywood y esa noche fuimos al cine para coger ritmo. La película era muy mala pero nos gustó igual que La dolce vita. Como siempre, el espectáculo no estaba en la pantalla, sino en la sala.
Fin de jornada con selfie.

Uno a uno

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