CAMBIO A MI MADRE POR UN CAMELLO. MEJOR VER

Nuestra dosis diaria de aventura marroquí

Rabat, primera parte

¿ Cuando salí de Salé dejé enterrado mi corazón.

CHAOUEN

¿El lugar donde todos los días las cicatrices se marchitan.

Franco, ese hombre

¿ Españoles, el secreto mejor guardado de Chefchaouen.

Morgan, puedo yo foto with you?

¿En cada bazar hay una sorpresa a la vuelta de la esquina...

Ouarzazate, cámara... acción

¿Visita a la meca del cine en África.

Gofio bereber

¿"El sahariano", sabor canario en un zoco de Agadir.

Fez, ciudad imperial y acongojante

¿Recorremos la medina de las nueve mil calles entre cabezas sangrantes de camellos, vendedores ambulantes y, glubs, navajeros por doquier.

Los huevos sobre la mesa

¿El día que Guille miccionó... en la recepción de un hotel.

lunes, 28 de abril de 2014

El pueblo donde no hay Coca-Cola en invierno

Una mañana nos despertamos en Bangalore y, sorprendentemente, los dos habíamos soñado lo mismo: que paseábamos entre paisajes helados, limpios y silenciosos. 
Todo era blanco, pacífico y de algodón. Y frío. Soñamos, a la vez, lo contrario de la India caliente, escandalosa, chanchullera, dramática, fibrosa y pulgosa que estábamos viviendo en ese momento.
coincidir en sueños tampoco es algo que nos pase a menudo, decidimos no pasar por alto la señal, pero… ¿qué significado tenía? Inconsciente, ¿qué nos estás intentando decir? ¡Qué! Nuestras mentes áridas no atinaban a descubrirlo. Blanco... blanco... ¿¡¡¡Quéééééé!!!? 
Desesperados, buscamos en Google: helado+blanco+paz, y le dimos a Voy a tener suerte. Salió la receta de los polos de Antoñito. Maldición. Volvimos a intentarlo: frío+montaña+paz. Salió el Himalaya. Y allí fuimos.
Las mujeres embarcan por un lado y los hombres por otro en el aeropuerto de Bangalore.
No uno, sino dos aviones low-cost tuvimos que coger para llegar al norte de la India, además de dormir una noche en el aeropuerto de Delhi.
Viajeros de morro fino.
Volando voy.
El día 26 de abril, llegamos a Leh, un pueblo al que llaman el techo del mundo y, cuando lo ves, te das cuenta de por qué. 
No solo porque está a más de 3.500 metros de altitud sobre el nivel del mar, también porque aquí te sientes más cerca que nunca de las estrellas, del cielo, de la paz infinita detrás de la que tanto corremos (aunque ella siempre corre más).
Leh es la capital de lo que fue un reino, Ladakh, y de su antigua riqueza y esplendor dan cuenta sus palacios, estupas y monasterios. Es un desierto frío cercado por los Himalayas.
Tras Siberia, esta región es la zona habitada más fría de nuestro planeta, con inviernos que llegan a los cincuenta grados bajo cero. 
En verano, Leh es un sitio turístico, pero ahora está casi todo cerrado, incluidos los accesos por carretera, lo que se traduce, principalmente, en que no puede llegar la muy demandada Coca-Cola.
Desde la ventanilla del avión mirábamos ojiboquiabiertos las crestas lechosas de las montañas. Con la emoción en estado puro y creciente, no podíamos parar de hacer fotos, y seguimos haciéndolas cuando bajamos del avión, hasta que un hombre nos puso una metralleta en la nariz, nos advirtió que estábamos en una zona militar y nos preguntó que si éramos bobos o qué (¿cómo podía saberlo?). Pedimos perdón en todos los idiomas que sabíamos, o sea, en español, y entonces nos dimos cuenta de que tiritábamos. El frío se había juntado con el miedo.
Tuvimos que vestirnos con toda la ropa que llevábamos en las mochilas, pijama incluido, y echar a caminar hasta que encontramos un hotel precioso, cálido y barato. Pero en la puerta había un obstáculo: un indio muy cabezón con el que regateamos el precio durante dos horas y que se negaba a hacernos un descuento. Luego nos enteramos de que el hombre era un simple turista que se alojaba allí, y que solo quería que pagáramos como mínimo lo mismo que él. Nos hizo gracia pero decidimos quedarnos solo una noche. En la recepción nos recomendaron beber té de jengibre y descansar como mínimo un par de días antes de hacer cualquier actividad física.
Hasta los refugiados tibetanos compran productos chinos.
Hicimos caso solo en lo del té y nos fuimos a ver el pueblo, sus niños, sus viejos, los puestos de verduras, las mujeres de las montañas y sus elaborados adornos, los monjes en busca de gangas por los mercadillos, la artesanía de los refugiados tibetanos (con etiquetas ¡made in China!), los animales que parecían de peluche, los militares sijs y sus turbantes a lo Drag Queen... la lista nunca se termina.
Fans de los sijs.
Refugiados tibetanos cortan mantequilla de dzomo (hembra del yak).
Un monje budista y busca-chollos.
Mujer de la etnia Drokpas de Ladakh.
Marcando estilo.
El pueblo entero vive del turismo y se prepara para enseñar su mejor cara en la temporada de verano, que empieza en junio. Hay que hacerlo todo lentamente. La exigua vegetación determina que el oxígeno en el aire esté en una proporción mucho menor que en otros lugares a su misma altitud. Pero todo eso, lo del oxígeno, lo aprendimos después. 
El primer aviso lo tuvimos cuando uno de nosotros (no vamos a dar nombres) se agachó para hacer esta foto a un perro…
…y luego no se podía levantar. Todo nos costaba diez veces más de lo normal. Aún así, recuperamos el aliento y sacamos fuerzas para arrastrarnos montaña arriba, cotillear la mezquita, maravillarnos con varias estupas y subir los siete pisos del abandonado Palacio Real, donde unos lamas brincaban con increíble soltura.
Acrobacia y budismo.
Hacia el Palacio Real de Leh, tardamos tres horas en subir sus siete plantas.
Y otras tres en bajarlas.
Estupa, construcción budista hecha para contener reliquias.
Arriba, a lo Homeland, en una de las mezquitas del pueblo (abajo).
Qué vistas, qué belleza, qué… ahogo. De repente, no podíamos respirar, ni reír, ni hablar. Era como si alguien hubiera cerrado el grifo del oxígeno. Los perros nos miraban con aire de superioridad... Otra vez tiritamos. Nosotros, que habíamos volado miles y miles de kilómetros, montado en elefantes, acariciado tigres, y hasta lidiado con sobrinos... pensamos que, ahora sí, había llegado el fin de nuestros días. El punto final. Nos vinimos abajo. 
Por allí cerca estaban remendando unos zapateros quienes, después de reírse un rato, nos explicaron que no era para tanto, solo padecíamos un ligero mal de altura. Nos aconsejaron esto: bebe antes de que tengas sed, come antes de que tengas hambre, descansa antes de sentirte cansado y abrígate antes de tener frío.

Cuando volvimos al hotel los latidos del corazón se habían convertido en pisadas de elefante en estampida. Nos sentamos, quietos, callados. Orejigachos. Hasta que nos fuimos a dormir, a seguir soñando, dentro de nuestro sueño compartido, pero debajo de una montaña de mantas.








miércoles, 23 de abril de 2014

Autopista (de cartón piedra) hacia el cielo

¿Quieres que todos tus deseos se cumplan y tener el beneplácito de los dioses? ¿Y deshacerte para siempre de tus pecados? En Bangalore hay un lugar donde conseguirlo. Abierto 24 horas al día los 365 días del año, el Shiv Mandir es un templo sin complejos.

Está consagrado a Shiva, uno de los Trimurthi (la Trinidad compuesta por Brahma, el creador, Vishnu, el protector, y Shiva, el destructor), y su enorme efigie, de cuatro brazos y en postura del loto, te mira desde más de veinte metros de altura y parece que sabe lo que piensas.
Tiene una taquilla en la entrada (¿taquilla?, ¿pero no es un templo?, sí, pero es un templo de pago) en la que por 120 rupias (1 euro son 84 rupias) tienes acceso al cielo. Barato, teniendo en cuenta que el precio incluye bolsa de ofrendas, milagro en el estanque sagrado, solución de problemas por cortesía de Ganesh (el dios elefante), purificación del espíritu y barra libre de bendiciones. Siempre que uno tenga fe. 
Inspirado por un sueño, el templo original se inauguró en 1995 y para entrar hay que recorrer un largo pasadizo lleno de carteles como éste, mientras una voz femenina recita un mantra a través de un altavoz. Al final, te lo aprendes: Om namah Shivaya.


Además del Shiva gigante, hay un remedo del río Ganges fluyendo de su pelo mientras el dios medita en un ambiente de paz, serenidad y tranquilidad con los Himalayas (de cartón piedra) de fondo. Se supone que el escenario debería inspirar los mismos sentimientos, además de fe, a los devotos que lo visitan. Aunque cada uno interpreta lo que quiere.
Nosotros vimos un ejemplo de cómo, en la India y en Pekín, hasta el más pintado y culto pierde los papeles ante primitivos rituales y supersticiones que nada tienen que ver con el sentido común. 
Empezamos el recorrido con la entonación de los 108 diferentes nombres de Shiva mientras depositábamos 108 monedas doradas en 108 cuencos diferentes para llenar nuestras vidas de fe y entusiasmo. Om Namah Shivaya… Om Para meshwaraya namah... Y así 106 veces más. 
La cosa se animó cuando llegó el momento de la rotura de coco en el yoni o fuente de la vida (con forma de vagina, por cierto) para pedir buenos augurios.
Rómpete puñetero.
Parece fácil pero es muy difícil. Aunque la señora que iba delante lo cascó como si fuera un huevo, nosotros nos encasquillamos y formamos una cola kilométrica. Cuando terminamos, un Ganesha de casi 10 metros de altura nos esperaba al final de unas escaleritas. 
Tuvimos que atar la cuerda naranja pidiendo una gracia junto a las de las miles de personas que, antes que nosotros, hicieron lo propio.
Petición de bendiciones al canto y seguimos a través de un pasadizo de papel maché que imitaba el interior del Himalaya y lugares sagrados como Haridwar, Rishikesh, Badrinath, Kedarnath o Amarnath, donde aparece un lingam (forma fálica que representa la energía creadora masculina) de hielo . Si lo sobas un poco te da sus bendiciones. No era único lingam del recorrido. Al salir del túnel había otro que te limpiaba el espíritu si vertías leche sobre él. 
El lingam de hielo: tócalo y verás.
Ya llegando al final, el plato fuerte del celestial menú degustación: un estanque en el que hay que cantar "Om Namah Shivaya" 7 veces y después lanzar una moneda, mientras se piensa un deseo. Luego, se deposita una vela flotante y… ¡adiós pecados!
Moneda, vela y libre de pecado.
Para terminar, y que nunca nos faltara riqueza y prosperidad, dimos unas cuantas vueltas alrededor de las 9 imágenes de los poderes de los 9 planetas que gobiernan nuestro destino, fuego en mano. Si haces el mongui es más divertido.

Y además conoces a gente que te ríe la gracia y que, encima, te explica para que sirven todos esos extraños rituales.
Gracias a esta familia hindú no nos perdimos entre la melena de Shiva.
Lo que todavía no entendemos es por qué las Barbies son las ofrendas favoritas en templos hindúes y budistas. En éste se vendían como rosquillas.

Uno a uno

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